viernes, 10 de enero de 2020

Cultura de la violación

La primera vez que me violaron fueron mis primos. Yo tenía aproximadamente cuatro años y ellos eran adolescentes. No recuerdo quién fue al que se le ocurrió primero, pero recuerdo que en varias ocasiones abusaron de mí. El Hugo fue quien más “se repitió el plato”. El Jorge fue el único que no lo logró, pero lo intentó más de una vez. El Cristian lo hizo varias veces también, y creo que fue el único que logró eyacular. Recuerdo que le pregunté si ese líquido que le salía por el pene era pipí, y él, que sintió que era muy cochino hacerse pipí, me dijo “no, no es pipí, es semen”. Yo no le creí altiro porque no tenía idea qué era el semen, pero sí sabía que por el pene salía pipí. También recuerdo que estaba impresionada de lo duro que estaba su pene. El me explicó que era porque le gustaba lo que yo le estaba haciendo, y me volvió a jurar que no era pipí. 
[Esos recuerdos mi cerebro (qué bacán es el cerebro) los bloqueó hasta que tuve 19 años (edad en la que tuve mi primera relación coital con un varón con consentimiento).]

La segunda vez que me violaron (“segunda etapa en mi vida, pero era como la décima vez”) fue un tío de mi mamá. Se llama Antonio, pero de cariño en la familia, le dicen “tío Toño”. Mi abuela decía que él no era no de los trigos muy limpios, pero ella se refería a que era medio “trucho”. Como que se le hacía fácil estafar a cualquiera, incluso a su familia. En esa oportunidad yo tenía como nueve o diez años. Aún no tenía mi cuerpo “desarrollado”, pero estaba en proceso (pubertad) y tenía vello púbico. Él descubrió eso un día en que yo llamé a mi mamá desde el baño (me estaba bañando en la casa nueva de mi abuela) y en vez de ir ella (ningún adulto estaba muy atento a mí, porque mi abuela por fin tenía casa después de haber trabajado toda su vida, entonces yo era la última prioridad) llegó él al baño. Yo no sabía nada de sexualidad, pero sentí miedo cuando él entró y me miró. Yo tampoco sabía qué era la lascivia, pero sabía que su mirada era “cochina”. Recuerdo que me tapé de inmediato el pubis cuando entró al baño. (Yo había llamado a mi mamá para que me llevara toalla) Tuve que taparme con mis manos porque, como la casa era nueva, no tenía cortina la tina. Él, muy curioso -e imagino que caliente-, me preguntó: ¿qué tienes ahí? Recuerdo que le contesté: ¿y mi mamá? Él volvió a preguntar exactamente lo mismo, ignorando mi pregunta. Yo le respondí en una palabra: “pelitos”. Él se acercó lentamente y yo grité: MAMÁAAAAA, con todas mis fuerzas. Ahí se fue del baño, y mi mamá llegó en pocos minutos. En ese momento supe que corría peligro, pero no le comenté nada a mi mamá porque el tío Toño antes de salir del baño “nerviosamente” me hizo un gesto con el índice atravesando su boca como señal de que yo guardara silencio, y como sentía miedo de él, le hice caso; guardé silencio. Él siguió en la búsqueda bastante tiempo más. Ese mismo día subió al segundo piso, y me llamó. Yo fui (cagá de miedo). Le dije varias veces desde debajo de la escalera que qué quería, que yo no quería subir. Él dijo hartas cosas; que tenía un regalo, que era una sorpresa, que subiera, que NO ME IBA A HACER NADA, etc. La cosa es que subí y me dijo que le mostrara mis pelitos. Yo no quería, pero él tenía fuerza igual. Me afirmó de los dos brazos para que yo no bajara, y después de un forcejeo “breve”, me bajó las calzas que tenía puestas y me miró los pelitos. Esa vez no me alcanzó a tocar los genitales porque mi papá mandó a mi mamá a buscarme al segundo piso [siempre que tengo este recuerdo no entiendo por qué no fue mi papá el que subió] y nos interrumpió. Desde ese día el tío Toño comenzó a ir muy seguido a la casa de Portugal (referencia para mi familia). En esa época el único adulto que había en la casa durante el día era mi tía Ceci, pero permanecía acostada todo el tiempo así que no cachaba nada de lo que hacía el tío Toño. Me fue a ver hartas veces. Me tocó y penetró la vagina con sus dedos varias veces. Me encerró en la pieza de mis primas (que eran harto más grandes que yo) para que nadie lo cachara, y porque esa pieza igual tenía pestillo, entonces era más seguro para él. Me bajaba la ropa, me daba nalgadas. Yo no tenía más de diez años, porque recuerdo que iba como en cuarto o quinto básico. Un día le hablé como si fuera su amante (él tenía pareja, la misma de ahora) y le dije: “Toño, dame plata”. Mi plan era que me diera dinero a cambio de mi silencio. Yo sabía que lo que hacía era malo. No sé si lo sabía, pero lo intuía porque tenía pesadillas, miedo constante [le tuve terror a los hombres hasta los 19… a veces aún les tengo miedo], me indigestaba del estómago, lloraba mucho… era horrible. Recuerdo que una vez mi mamá vio que yo tenía plata, lo cual era extrañísimo porque mis padres JAMÁS me daban dinero, y me preguntó que quién me la había dado. Yo estaba contenta de que me preguntara porque lo único que quería era decirle que el tío Toño me tocaba la vagina, y me iba a ver cuando ellos no estaban. Yo le mostré que tenía plata con ese objetivo, destapar la olla. Pero por alguna razón no me atreví a decirle nada excepto que el tío Toño me la había dado. Ella tampoco quiso saber más, pero mostró molestia (mi mamá siempre estaba molesta, así que no pude deducir que era porque él me había dado plata). Después de eso, me dijo: no quiero que vuelvas a recibir nada de nadie. Le hice caso hasta hoy. Creo que lo que más me cuesta en la vida es pedir ayuda, y recibirla es aún más difícil. Mis papás confirmaron la sospecha de mi papá una noche en que tuve una pesadilla y grité demasiado. No recuerdo la pesadilla, pero sí recuerdo que mi papá me despertó -gritando también- y me hizo bajar de mi cama (camarote) y me llevó al living. Me sentó fuerte y me preguntó a los gritos: ¡¿qué te hizo el Toño?! Yo rompí en llanto y le dije: “el tío Toño me tocó la vagina”. Así se salió la información. No de otro modo. No le dije “me ha tocado muchas veces” ni “viene casi todos los días cuando ustedes no están”… nada de eso. Solo le dije: “el tío Toño me tocó la vagina”. Recuerdo que mi papá miró a mi mamá y le dijo: ¡Te dije! Después de eso me abrazó porque yo seguía llorando. Yo tenía miedo de que mi papá supiera porque él era “arrebatado” a veces, y yo pensaba que el tío Toño podía pegarle o algo así. Por eso estaba llorando. Mi mamá repitió muchas veces: “no puede ser”. Fueron tantas, que yo creo que se lo creyó. Creyó de verdad que no podía ser, y quiso que no hubiera sido. Esa noche se mostró molesta conmigo, como culpándome por algo. Yo no entendía mucho, pero me sentí culpable. [Ni mis papás ni yo teníamos las herramientas para entender que una niña de diez años no podía tener la culpa de ser violada por un pederasta, así que no culpabilizo a nadie salvo al patriarcado.] Después de eso no sé cómo fueron las conversaciones entre los adultos, porque por supuesto que no me hicieron partícipe (“los niños no deben meterse cuando los adultos hablan”), pero recuerdo con exceso de claridad que mi mamá tomó la decisión de colocarme frente al tío Toño, a una distancia menor a un metro, y me dijo desafiante: “di lo que dijiste delante de él”. Ella, como si fuera abogada, se aferró a la presunción de inocencia y me expuso a esa situación en la que me sentí triplemente violada. Creo que incluso me sentí violada muchas veces más en ese momento que todas las veces en que el tío Toño me violó antes. Yo no recuerdo haber podido decir nada. Recuerdo que salió mi papá de la casa al patio, y que lo abracé, y que el tío Toño se retiró del lugar campante, triunfante, tranquilo, “sabiendo que nada iba a pasarle”, y que mi mamá y mi papá se pusieron a pelear porque él no podía creer que ella me hubiera hecho eso, y ella no podía creer que lo que yo había dicho fuera verdad. A causa de lo del tío Toño, y que mi cerebro esta vez me falló y no pude olvidar ningún detalle de nada de lo ocurrido, pasaron varias cosas. La primera, es que intenté suicidarme 3 veces ese año. No tenía mucha información, así lo intenté con venenos que habían en la casa, para hormigas, arañas, ratones… no funcionó. La segunda cosa que pasó es que comencé a tener terror de los hombres. No me gustaba que me miraran ni me hablaran ni se me acercaran. Y me paralizaba caleta cuando me acosaban en la calle o en la micro… durante años no pude “responder” a ninguno de sus actos violentos. Fue horrible mi pubertad y adolescencia. La tercera cosa es que intenté ser lesbiana. Quería serlo principalmente porque pensaba que sin pene no habría posibilidad de violación, y como crecí viendo teleseries llenas de amor, lo único que quería era enamorarme y ser feliz. La cuarta cosa es que odié a mi mamá por años. Afortunadamente la primera sicóloga de mi vida, me hizo comprender mejor las cosas, y logré perdonar a mi madre de todo corazón. Ahora nos amamos mucho. Lo del lesbianismo todavía no me funciona bien, y en ese momento menos. Ahora les contesto a los hombres que me acosan en la calle, y creo (uno NUNCA SABE) que “sabría defenderme” en caso de que se sobrepasen más allá de sus “comentarios asquerosos”. Y bueno, no me dan miedo los hombres siempre. Ahora puedo enamorarme de hombres y vivir una sexualidad “sana”. Años de terapia eso sí. 

La tercera vez (etapa) que sufrí algún tipo de abuso sexual fue con mi primer pololo. Él era una persona tóxica y la relación también lo fue. Yo no cachaba na del amor ni de las relaciones amorosas, así que todo lo que vivía con él lo encontraba súper lindo, y romanticé toda su violencia patriarcal a más no poder. En una ocasión él se quedó a dormir en mi casa, en mi cama, en la misma pieza donde dormía mi mamá y mi hermana, y recuerdo que estaba súper enojado conmigo porque yo había escrito en mi diario de vida que me gustaba un compañero de curso. La cosa es que desperté porque “me estaba tocando”. Resulta que él consideró súper normal masturbarme mientras yo dormía. Hasta sexy pensó que era. Esa es solo una de las ocasiones en que su manipulación y abuso de poder en la relación se transformaron en abuso sexual. Lo triste de eso es que yo me di cuenta de que fui abusada por un hombre al que amé CINCO años de mi vida recién el 2019. Diez años después. Y lo supe solo gracias a la autoeducación de mis compañeras feministas. De no haber sido porque leí, me informé y me integré a grupos de mujeres increíblemente generosas y bacanas, nunca me hubiera dado ni cuenta quizá, o quizás cuándo. [Uno no se toma mucho el tiempo de reflexionar sobre sus prácticas y vivencias. Hay que hacerlo. Ese es mi consejo.] Lo bonito de eso es que todas las parejas hombres que tuve después de él, han sido un siete. Personas respetuosas, que me han amado de verdad, y que jamás cayeron en la violencia ni el abuso de poder. Si pudiera, sería amiga de todos ellos. Los quiero caleta y les deseo lo mejor de este mundo. Gracias, cabros.

La última vez que fui violada y abusada fue el año pasado. Sucede que me encontraba pasando un duelo bastante difícil y no estaba muy “cuerda” que digamos. Me sentía bastante deprimida, y de hecho colapsé. No muchos saben la historia, pero básicamente me adelanté al estallido social, y estallé por dentro como nunca en la vida. Mi crisis de los treinta estuvo lejos de lo que las teleseries muestran. En ese estado de depresión y falta de cordura, busqué formas de minimizar el dolor, y algunas fueron más bien autodestructivas. Dentro de esas, tomé la decisión de tener coitos de mutuo acuerdo con hombres en los que confiaba un poco porque los conocía, pero no tenía sentimientos asociados de índole romántica. Y uno de ellos, con quien lo pasé bien varias veces, se sobrepasó en varios niveles. Rompió algunas veces los acuerdos de horario y visita, y abusó de sus privilegios que eran más de los comunes de todos los hombres cis del planeta (no puedo explicarlo con detalle porque no quiero revelar su identidad). Me manipuló bien y con “facilidad” igual, porque yo -insisto- bien no estaba. Logró que yo me sintiera con cierta confianza de ir a su casa y no tenerle miedo hasta que un día, fui a su casa de día a conversar y a devolver algo que me había prestado. Ya habíamos acordado no mantener más relaciones sexuales, y me sentía bacán con esa decisión. Yo de verdad sentía que ya no me gustaba nada el joven. La cosa es que ese día él se calentó. Yo no lo preví porque, como acabo de mencionar, habíamos acordado dejar de fornicar, y cuando estaba por salir de su casa, él se puso en la puerta, la tapó, puso el seguro y comenzó a manosearme (sintiéndose con todo el derecho de hacerlo, como si mi cuerpo le perteneciera o tuviéramos alguna especie de contrato que dijera: “si alguna vez accedí a hacerlo contigo, puedes tocarme cuanto quieras cuando quieras”) y yo comencé a sentir ese mismo miedo que sentí cuando el tío Toño me visitaba. Sentí de nuevo eso de “si no accedo, me va a obligar con violencia”. Básicamente pensé: si no acepto, me viola. Y cometí el peor error de mi vida; dejé de forcejear. Después de eso pasó lo obvio. Claramente yo no disfruté nada, porque nunca quise hacer nada. Y ese día comprendí que la violación está demasiado demasiado demasiado cerca TODO el tiempo. Comprendí que nuestra cultura patriarcal ampara también una “cultura de la violación” que todes justificamos en algún momento de nuestras vidas. Comprendí que siempre nos vamos a sentir culpables de haber sido violadas, por más que cantemos y bailemos y hagamos viral el video de Las Tesis (las amo, cabras). Comprendí que por más “desconstruidos” y “letrados” que sean los hombres, jamás van a dimensionar (ni de cerca) los privilegios con los que cuentan solo por el hecho de nacer con ese sexo biológico. Comprendí que el feminismo ES el único camino a la libertad, a la justicia, a la igualdad. Comprendí que esta información, que es tan vergonzosa como dolorosa no podía quedar guardada en mi mente no más, porque somos TODAS las que hemos pasado por esto. Porque somos TODAS las que tenemos que aprender a amarnos, a cuidarnos, a darnos placer y no sentirnos mal por eso, a terapearnos, a limpiarnos de la mierda que nos han echado encima los hombres de nuestro entorno solo porque podían y querían. Porque nosotras somos las encargadas de amarnos, apoyarnos, liberarnos, acompañarnos e intervenir. 

Esta es mi pequeña intervención.
La culpa no era mía, ni dónde estaba ni cómo vestía.
Y tampoco era tuya, compañera. Créeme que no lo era. Y no estás sola. 

viernes, 25 de octubre de 2019

El pueblo unido jamás será vencido

Ellos siempre han apelado al cansancio. Porque es obvio que nos cansamos. Mental, emocional y físicamente. Me pregunto cuántas veces habrán dicho en estos días: “se van a cansar” o “esta situación no se va a sostener mucho más” o “esperemos no más”. Y es verdad. Esta situación no se puede sostener mucho más, o al menos, no para siempre. Pero gente, el tiempo que sea necesario, por favor, sostengamos esta revuelta. Mantengámonos unides. Sigamos cuidando de los perritos en las calles. Sigamos llevando agua con bicarbonato y limones y tapabocas para apoyar a las personas en la marcha. Sigamos cantando y gritando “Chile despertó” con esperanza. Sigamos haciendo catarsis entre todas las personas presentes. Catarsis por cierto necesaria, porque estos 34 años de “regreso a la democracia”, cargados de violencia política, económica, sexual y social, nos tienen “enfermos”. Sigamos con energía para caminar, marchar, crear pancartas, y decir (NO CALLAREMOS NUNCA MÁS) las verdades. 
La calle es nuestra, y debemos ocuparla. 
Unides, lo lograremos. 
Nadie ni nada nos va a vencer. Mucho menos el cansancio. 
No nos detengamos hasta que nos escuchen. 
No paremos hasta que cambien la Constitución. 

domingo, 20 de octubre de 2019

18-19 OCT 2019

Voy a tratar de decirlo en “bonito”, pa’ que no me odien, y pa’ que me tomen en serio. 
Este sistema está mal. Completamente. De principio a fin. No hay garantías de ningún tipo para la ciudadanía. No para la mayoría, que es LA FUERZA DE TRABAJO, porque los que sí tienen resguardo legal, y facilidad para resolver sus problemas y para solventar sus necesidades, no representan un porcentaje mayor al 10%, y jamás han sido “un aporte” para la economía (que veo que es lo único que les importa a algunos). Esa es la razón por la que estamos en las calles con cacerolas y cucharas de palo. Con rabia, con pena, con desesperación. Con rabia. Más que todo, con rabia. Este sistema es injusto para los pobres, que somos mayoría. Somos casi todos. Y no podemos seguir así. No podemos seguir adaptándonos a lo que ellos determinen “darnos”, como migajas, para que no hablemos. Para que callemos, y nos volvamos esclavos. No más. No nos pueden subir en $30 el pasaje del metro de una como si lo sueldos pudieran resistirlo todo, como si el sueldo mínimo soportara cualquier tipo de alza ¿Qué esperan?, ¿que sigamos marchando en la Alameda los mismos de siempre, con la misma paz de siempre, para siempre, y luego aceptemos todas estas injusticias con la cara llena de risa? ¿Quieren que todos nos transformemos en sicópatas, como la clase política? Algunos sentimos tranquilidad solo con gritar un par de consignas o palabrotas, otros necesitan ver todo arder, y otros necesitan abrir a la fuerza las puertas de las grandes empresas trasnacionales y recuperar todo lo que nos roban cada vez que compramos en ellas. Así es de simple. Salgamos a la calle. Salgamos en la que queramos, pero salgamos, y mostremos cuántos somos. 


viernes, 16 de agosto de 2019

Murió mi abuela

La abuela tuvo una infancia del terror. Y pasó el resto de su vida (hasta la vejez) recordando cada detalle de su sufrimiento. Me contó cientos de veces las mismas historias “felices”, que eran de las que de alguna forma “se afirmaba” para sentir que no todo fue tan terrible, y en alguna medida para soportar su vida de jubilada.
Cuando fue adolescente tomó un par de decisiones estúpidas, como casarse con su primo para escapar de la esclavitud en la que estaba sometida desde muy pequeña por la pobreza y la falta de preocupación/ocupación en su crianza por parte de quienes eran los responsables. 
Su vida de casada fue peor. Se convirtió en la esclava de un par de personas que tenían pequeñas empresas que no tenían ningún interés por cuidar a sus trabajadores… y también fue esclava de su infeliz matrimonio. Él era un esposo terrible, principalmente por su alcoholismo.
Su vida no fue precisamente una experiencia feliz, pero sí fue “normal”; trabajó hasta desfallecer de cansancio, no aprendió a leer, era muy irrespetuosa y grosera, no era para nada cariñosa, y el machismo guiaba su vida más que Jesús. No era una santa, pero tampoco era mala persona. Era buena, solo que no tenía demasiadas habilidades comunicativas ni emocionales. Aún así era chistosa. Me hizo reír mucho, y a todos. Y con mucha gente era una madre sustituta. Las personas la querían, por eso no les era muy difícil soportar sus pesadeces. 

Vuela alto, Adriana Ana del Carmen.
Fue todo un placer compartir 30 años de mi vida con alguien que es de “lo mejor del 40”, y que nació “cuando nacieron todas las flores”. 
Ahora te toca descansar. 
Gracias. 

jueves, 8 de agosto de 2019

Despedida para les niñes del Antilhue

(Esto lo escribí antes de irme, por si no me dejaban despedirme en persona).

Niñes:
Estoy mal. Quisiera no estarlo, y de verdad que estoy trabajando en ello, pero no lo he logrado. 
A diario les extraño. A veces recuerdo sus intervenciones en clases, sus caritas, sus risas, sus bromas, y de verdad que me emociono. Ando tan sensible, que a veces incluso he llorado solo de lo mucho que les echo de menos. Son parte de mi vida, y de mis pensamientos, y eso no creo que cambie, aunque hayamos compartido nuestra existencia apenas unos meses de este año. Sus iluminadas y críticas mentes y sus nobles corazones son algo de lo que nunca podré desprenderme del todo. Yo soy muy mala olvidando.
He lamentado profundamente no poder acompañarles como quería en este proceso. La enseñanza media es un periodo particularmente difícil, pues requiere de que sus cuerpas y mentes se adapten a un estilo de vida tremendamente exigente. Todo nuestro sistema en Chile es así. Y la causa, como ya lo deben saber, es el capitalismo. La forma en que se construye el Colegio o la “idea de escuela” es una preparación para lo que va a ser su adultez, y créanme, a veces es horrenda. Tiene muchas ventajas, sobre todo una especie de sensación de libertad, pero no es tan real. Y en esto los adultos van a coincidir conmigo: uno de los mejores momentos de la vida es la etapa escolar. Es un periodo en que hacemos amistades a veces eternas, otras veces profundas y sinceras, aunque menos duraderas. Pero todo lo horrible que puede ser la adolescencia, lo cura la amistad y las posibilidades de gozar la vida. Ustedes son unos privilegiados; están en un establecimiento educacional lleno de personas inteligentes, apasionadas por su labor docente, convencidas de cambiar el mundo a través de la huella que pretenden dejar en sus almas. Además, el Colegio tiene colores lindos, arte por todos lados y una gata. Una amiga que tiene 10 gatos considera que el Antilhue es perfecto porque tiene una gata. Jaja. Aprovechen todo lo que tienen, y no pierdan tiempo. La vida es muy corta y estos 4 años se les van a pasar volando. 
Lo más probable es que no regrese. Y ese es el motivo por el que les escribo esto. Ustedes son bacanes, y me duele como nada dejarlos, pero quedarme es un costo muy grande para mi salud mental y emocional, y no puedo retroceder. No es justo. Aférrense a lo que tienen, y no den su brazo a torcer. Sigan gozando de la lectura, o aprendan a hacerlo. Sé que es un cliché, pero les prometo que es verdad: “leer es lo único que los hará libres de verdad”. No dejen que les pasen gato por liebre. Es la única forma de ser libres. No hay más. No la dejen ir. 
Los voy a extrañar de por vida, pero también estaré feliz viendo sus logros desde lejos. A un lado del camino también se puede disfrutar. Y sé que así será. 
Las compañeras feministas, por favor, les ruego, no bajen los brazos. Esta lucha va a tardar otros cien años en lograr la igualdad de género, pero va a ser real solo si nos mantenemos firmes, y contagiamos a cuanto humane tengamos cerca.
Cabros, ustedes saben que los quiero, y que veo en sus ojos mucha luz. Cuando sean padres, encárguense de no perpetuar el patriarcado. No es real que hombres y mujeres somos diferentes. No en la esencia del ser. En esencia somos IGUALES; todos tenemos derecho a ser respetades, amades, valorades, y también tenemos derecho a sufrir, a sentir ira, y a llorar. Derechos y deberes por igual. Ayúdennos en la causa. Ayúdense. 
Les quiere y les querrá, Churiruri.

miércoles, 12 de diciembre de 2018

El Principito

Hacer una lectura crítica de lo que leemos es una acción consciente que consiste en leer lo que está entre líneas. Lo que el autor nos transmite de "su mundo interior", y de "su sistema de creencias". A veces no funciona la primera vez, a veces hay que releer las obras. Incluso a veces hay que releerlos años después. Eso me pasa con El Principito, y su rosa. Siempre he admirado mucho la relación del Principito con el Zorro, con su amigo. Es una gran enseñanza para todos nosotros. Y lo mismo pasa con la boa y el elefante, y la crítica a la falta de imaginación de los adultos, pero con la rosa es el problema. 
pág. 29: -No debí haberla escuchado -me confió un día-. Uno no debe escuchar nunca a las flores. Uno simplemente debe mirarlas y respirar sus fragancias. La de mi flor perfumaba todo mi planeta, pero no supe disfrutar de todo su encanto."

Ahí la dejo.

lunes, 26 de noviembre de 2018

¿En qué momento?

Me tomo un momento para hacer una pausa de mi revisión maratónica de ensayos de III° medio para reflexionar sobre algo que me suena y resuena en la mente cada día que voy al Colegio, y es: ¿en qué momento?
¿En qué momento la sala de clases se transformó en un bar?, ¿en un comedor?, ¿en un centro de acopio?, ¿en un basural?, ¿en un centro de carga de celulares? Las cabras se pelean los cargadores y los enchufes. Y se enojan si uno se los desenchufa. Loco, los celulares están prohibidos por reglamento. Así como comer en la sala, decir groserías, faltarse el respeto entre las personas del Colegio... pero nada de eso les importa. Solo les importa su propio placer. Su propio beneficio. A veces creo que si les quitara los audífonos o los celulares, les estaría provocando una úlcera. A veces creo que si les tomara la comida y la botara al basurero, como otros colegas lo han hecho, me demandarían. 
¿En qué momento el Colegio dejó de ser un lugar donde lo más importante era aprender?, ¿y preguntar?, ¿y reflexionar?, ¿y discutir? ¿En qué momento nos perdimos?
¿Cuándo va a ser el día en que las estudiantes vuelvan a mantener su espacio limpio y ordenado?
¿Cuándo va a ser el día en que las estudiantes vuelvan a expresarse en lenguaje culto formal, y evitando cualquier grosería, en vez de pedir constantemente perdón por lo groseras que son?
¿Cuándo vamos los profesores a volver a ser respetados?, ¿valorados?
¿Cuándo las estudiantes van a volver a acercarse al profesor que corresponde para resolver sus problemas, sin pasar a llevar a nadie, en vez de ir corriendo a informarle a todo Chile lo que el profesor "hizo", y por lo cual merece el castigo del infierno?
¿Cuándo el Colegio volverá a ser nuestro lugar feliz?, ¿mi lugar feliz?