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martes, 27 de agosto de 2024

El damasco


    Con el amor de mi vida nos fuimos a vivir a una casa que en el jardín tiene un damasco. Es nuestro protector; está ubicado entre la calle y la cueva. Su belleza es increíblemente perfecta. Me cuesta describir lo que provoca en mi cuerpo, en mi corazón, en mi respiración, en mis manos… cuando miro el damasco. Es una felicidad que no me dan los humanos, ni los gatos, ¡ni siquiera los perros! Se parece más a la felicidad que me dan las ballenas. Esa sensación de que una es tan pequeña e insignificante, que la admiración colma tu pecho, y es tan potente que lo único que puedes hacer es amar. Permitirte sentir amor. Amor por la naturaleza. Amor por ti, por ser un cuerpo natural, con células, igual que ese árbol y esa ballena que tienes en mente. Y tan frágil como ellos. Es hermoso vivir con este damasco. Se lo deseo a cualquiera. 


    En este momento, el damasco está repleto de flores. Tiene tantas, que se ve esencialmente blanco. Ramas cafés y flores blancas por doquier es lo que puedes ver en este preciso momento. Mejor que el animé, porque no es un dibujo, sino un ser vivo. En tronco y flor. Vivito y reproduciéndose. Por eso me inspiré a escribir sobre él, y sobre todo lo que me ha permitido aprender a través del simple ejercicio de la observación. 


    En otoño, me enseñó a soltar. Fui testigo de cómo en menos de dos semanas, se desprendió de miles de hojas. Así, como si nada, decidió quedarse en ramas a la vista. Me invitó a salir todos los días a la calle, a la hora de mayor sol, a barrer los cientos de hojas que dejaba ir por la noche y que caían en el cemento. Las barría todas, las que caían afuera de las casas de mis vecinos, también. Salía contenta. La mejor hora del día. La cueva es fría, más aún cuando estoy sola, por lo que salir a tomar sol barriendo hojas era mejor que un orgasmo. Recogía las hojas con las manos (con guantes, porque soy asquienta pero salvaje), y me concentraba en agacharme correctamente para no morir de la espalda. Vacilaba la situación, ahora que lo pienso. Era como un carrete solita. Echaba las hojas en un lavatorio de plástico grande que tenemos, y las trasladaba por toda la casa hasta dejarlas en el patio de atrás, donde hay dos árboles más, pero uno está muerto y el otro casi. Esa tierra ha costado mucho más restaurarla que la del jardín de adelante, donde está mi hermoso damasco, que es un excelente ejemplo a seguir.


    En invierno me enseñó de resiliencia, de resistir. De dar vida y luz, aunque el entorno sea hostil. Aunque el frío haga que duelan los huesos, y que cueste moverse; hay que hacerlo. Hay que permitirse sentir el frío y el dolor. Es parte de. Nos recuerda que estamos vivos, que somos sensibles, que no somos inmortales… es hermoso el invierno. Introspectivo, sí. Más de soledades que de compañías. Soledades necesarias y por ende, sanas. ¿Cómo nos vamos a conocer a nosotras mismas si no nos permitimos un viaje al interior en invierno? Yo nací en invierno. Para que veas cómo opera el destino. No hay que creer en el destino más de lo que hay que creer en una misma. Pero nací en pleno invierno. Mi época más creativa y la menos egocéntrica. La época de entrar a picar en la psique ¿Qué hace el damasco en invierno? Se enfrenta, completamente despojado de ropas y protecciones, al frío, a las heladas, a la bruma, a la lluvia, al sol tibio y a los días nublados. Sin hojas, sin flores. Así, desnudamente honesto. Esto soy, lo demás son accesorios que uso para adornarme. ¿Cómo no admirar su valentía? Si el damasco fuera una humana, no llevaría maquillaje ni aros en invierno. No tengo pruebas ni dudas. 


    En el verano se llena de hojas. Se le mueren las flores casi tan rápido como aparecen, y comienza a repletarse de una cantidad impresionante de hojas. El verano es crudo y seco, pero el damasco, nuestro protector oficial, nos proporciona una sombra fresca tan deliciosa… Y no solo eso, como es pro vida al máximo, en verano también se desespera por reproducirse. Y convierte todos los restos de flor que quedan en el árbol, en damascos. En enormes, anaranjados, dulces y jugosos damascos. Son tan gigantes que doblan las ramas con el peso, y ellas, lejos de temer quebrarse, soportan con elegancia; están flexibles como nunca. Llenas de agua y vitalidad, porque regamos con abundancia en verano. Nosotros somos los responsables de que estos seres vivos sigan vivos, así que nada de ignorar sus necesidades. El amor requiere o implica actos de servicio. Propiciar que la vida que te rodea, siga dándose. Es un deber con la naturaleza que todos tenemos. Pasa que estamos tan desconectados que hasta se nos olvida que somos naturaleza. Pero si uno va a arrendar una casa que tiene plantas vivas, hermosas y vigorosas, creo yo, debería sentirse responsable de que esa vida persista. Que tenga un correcto desarrollo. ¿Cómo no nos va a pasar nada al presenciar esa muerte? ¿Cómo no te va a conmover ver un árbol muerto en pie? El verano es para disfrutar la vida, y amarla, y agradecerla, y vivirla y reflexionar sobre ella. Ojalá que esa reflexión no sea desde una perspectiva especista, sino que podamos experimentar el amor por todas las formas de vida; por los caracoles, las lombrices, las mariposas, las ballenas, los gatos y las aves. Que nos importen las demás formas de vida con las que estamos teniendo contacto. O de las que estamos teniendo conciencia. El verano es para amar y reproducirse, y facilitar el desarrollo de la vida.


    El damasco es generoso. Me permite ver cómo vive todos sus procesos. Soy testigo de sus profundos cambios, de sus recorridos por caminos de autoconocimiento y luego de expresión muy intensos y visiblemente marcados. Al mirarlo diariamente he podido conocer todas las decisiones estéticas que toma, aunque no conocemos sus procesos internos. Él se comunica como todos: con su cuerpo. Sin necesidad de usar palabras. Con sus actos es claro y determinado. Un ejemplo a seguir, sin duda. Vaya que seríamos mejores si imitáramos a este damasco. 


    La verdad es que lo único “malo”, es que a mí me deja con “gusto a poco”. Porque vive todos estos cambios y procesos a una velocidad envidiable. Es el sueño cumplido de los ansiosos. Como el paciente que va al psicólogo y antes que todo pregunta cuánto va a tardar este “proceso terapéutico”, deseando que ojalá sea una respuesta con fecha y hora, y que dicha meta temporal esté ubicada lo antes posible en el calendario. El damasco es así, y lo peor, lo logra; un día te das cuenta de que comienzan a aparecer los primeros botones de flores, y al día siguiente ya tiene repletas las ramas de cientos de botones. Y apenas uno o dos días después, todas las flores abren, como en la carrera de los espermios llegando al óvulo, pero innecesariamente, porque las flores viven todas. No hay “perdedores”. Aún así compiten. Acuden a él muchas abejas. Me encanta. Ahora, que las flores están abiertas desde hace no más de una semana, están cayendo los pétalos lenta pero sostenidamente. Mantienen su ritmo. En poco tiempo el jardín será cubierto por una nieve de pétalos hermosa. Tendré que recuperar los que caigan fuera del suelo, para regalárselo a él y a los seres que comen pétalos, que habitan bajo la superficie y trabajan como el servicio secreto de las raíces. Pro vida también. Luego, al poco tiempo se volverá a cubrir de hojas, momento muy feminista, porque en pleno verano no se depila. Rebelde como él solo. Y volverá a ponerse a disposición de sus instintos de preservación de su especie, y se llenará de los increíbles y deliciosos damascos que da. Y ya no nos daremos cuenta, cuando vuelva a estar eliminando cada una de sus hojas, y en tiempo récord estará todo el jardín amarillo. Todo rincón de tierra estará cubierto por las hojas que este árbol deja partir como si nada. Como quien se cambia de calzones. Casi un acto mecánico, pero de verdadera confianza. Él no va a dudar que puede con el invierno, y lo va a aguantar con la esperanza puesta en el verano. Volverá a concentrarse en sus raíces, y cuando el clima sea favorable, volverá a llenarse de flores, y podré volver a escribir inspirada en él, en mí y en la vida. 


martes, 3 de febrero de 2015

El ansiado cuerpo perfecto

¿Se han dado cuenta de la cantidad de productos que ofrece el mercado para que la gente, al consumirlos supuestamente, alcance a tener el ansiado cuerpo perfecto? ¿Es verdaderamente lo que ellos desean?, ¿o solo se trata de la vieja y conocida treta de que la publicidad nos depositó una imagen que asociamos a algo bello y creemos que eso es perfecto?

Pensemos en un cuerpo perfecto; primero que todo debería ser esbelto, no no, más que esbelto, debería ser flaco. No, flaco no, marcado y hasta un poco musculoso. A menos que sea de mujer, si es mujer solo tiene que ser extremadamente flaco, al borde de la desnutrición. Entiéndase que no debe notarse ningún tipo de consumo de grasa. Si es hombre, debe verse fibroso. Que los hombros sean más anchos que el trasero; el triángulo invertido. Pero marcado. Musculoso ojalá. 
Luego que ya tenemos la estructura, podemos hablar de tamaño. Hay que ser altos. Un metro ochenta el hombre (no demasiado alto). Un metro setenta y cinco la mujer. Que deje un espacio para que el hombre no se vea ridículo cuando ella use tacones. Incluso un metro setenta sería suficiente (para no quedar mal ni siquiera en aquellas fiestas donde se requieran tacos de diez centímetros).
Ahora el color. Lo que se considera bello a nivel universal son los colores claros. Ella que ojalá sea rubia, si no, castaña, pero blanca. Pelo claro es más bello. Ligeramente bronceada. No en exceso. Ojos azules calza perfecto para formar un cúmulo de rasgos exóticos, que no se sabe cómo se conjugan para formar tan bello ejemplo de ser humano femenino. Él debe tener el pelo más oscuro, ser más moreno, pero de sol… bronceado natural, pero no de nacimiento, y ojalá tenga ojos verdes. Que combinen con la imagen sexualmente aceptada por todos. 

Y bueno… ¿dónde encontramos esta gente? Fácil; en la publicidad y los Medios de Comunicación Masiva. No, no, pero dónde la encontramos en la vida real. Ah, no, ahí estamos complicados, porque naturalmente esas personas han llegado a ser parte de nuestra mente gracias al manejo mediático de la estética. Si realmente nos dejáramos llevar por nuestras propias hormonas -como obviamente lo hacemos- y no nos preocupáramos de parecer lo que no somos ni de encontrar lo que no existe, pensaríamos que las personas bellas son de miles de maneras diferentes, y que no tienen que ver con un estereotipo como los que acabamos de nombrar. 

¿Por qué adoramos entonces la figura de Marylin Monroe o de Elvis? Bueno. Elvis tiñó su pelo de negro para ser más bello. Y se bronceaba a menudo, para ser sexy. Marylin tiñó su pelo de rubio para lo mismo. Y pintaba sus labios rojos y sus ojos los delineaba con un grueso lápiz negro para ser más bella. Era delgada, pero no al extremo. No por ser rebelde al estereotipo, sino porque en ese tiempo, ser tan delgada como ahora se estila, no era signo de belleza. Los tiempos han cambiado, pregúntele a Botero.
Y sí, efectivamente esos personajes eran bellos, pero, ¿eran reales? Claro que no. Y su fama también se debe a los medios de comunicación. Ellos nos hicieron creer que eran hermosos, y talentosos, y mejores que todos nosotros y que nuestros artistas. Y en nuestras ferias y persas, del tan lejano Chile, hay más reproducciones de cuadros y fotos de estos personajes que de nadie, porque es algo chic tener una réplica en casa. De lo más top.

Y bueno, toda esta reflexión me surgió porque me llegó a mi correo un producto en oferta que consistía en un parche, como las "curitas", o "parche de león", que se pegaba al ombligo, uno cada día por un mes, y la persona adelgazaba, perdía la ansiedad por comer, y no sé qué más. Y tal como ese mágico producto hay millones en el mercado; pastillas, jarabes, cremas, aceites, suplementos alimenticios, frutas exóticas y quién sabe cuánta cosa más. Los promocionan personas que en su vida fueron gordas. Y las personas normales comienzan a sentirse desdichadas con su cuerpo y bueno, quieren "mejorarlo" a como dé lugar. Y así se mueren niñas cada año de anorexia. Se internan otras cuántas sin que nadie haga ni piense ni se cuestione absolutamente nada.  
¿Y si comemos lo que queremos, en cantidades apropiadas para nuestro cuerpo? ¡y bebemos agua de la llave! Y salimos a caminar, o a andar en bici… y ya… nada de cosas raras. Nada de odiar nuestro cuerpo. Porque si tu genotipo no da para verte como Paris Hilton, ¿por qué no lo superas y sigues siendo feliz con tus caderas anchas? ¿Con un trasero grande? O aquellos hombres que solo pueden ser flacos, pero no pueden tener el torso como Alexis Sánchez… ¿por qué no se quieren un poco y empiezan a ser menos autoexigentes con cosas que a nadie le importan?
Si viviéramos conformes con nuestro cuerpo, seríamos incorruptibles, y la industria no desperdiciaría tiempo en inventar productos que nos provocaran acercarnos un poco al límite de la ausencia de autoestima. Y nos caeríamos bien a nosotros mismos y a los demás. Y así seríamos un poco más felices.  Situación que claramente no les conviene a ninguno de los que llevan el mando en todo esto. Ni a los modelos, ni a los magnates, ni a los medios ni a nadie más que a nosotros. 
Así que mujeres, más vale que sigan consumiendo una enorme cantidad de alimentos químicos bajos en calorías, envasados en lindos plásticos verdes o morados o celestes (colores que casualmente dan la sensación de "natural", "bueno","sano", etc.) y hombres, por favor sigan destruyendo sus articulaciones y músculos, deformando sus cuerpos, para verse como atletas fortachones, miren que si no, NADIE LOS VA A QUERER NUNCA.